Aprender a emprender: cosas que aprendí emprendiendo a los 21 I

Aprender a emprender: cosas que aprendí emprendiendo a los 21 I

Cuando empecé esta aventura a la que algunos llaman emprender seguramente muchos pensaron (hasta yo lo hice algunas veces) que todo era una locura, que me faltaba mucho y no me sobraba nada de todo lo que se necesita para montar un negocio. Y, en cierta medida, puede que así fuera.

Por supuesto que nunca me había puesto al frente de una empresa, por supuesto que nunca había salido a vender, por supuesto que nunca había hecho facturas ni hojas y hojas de Excel con previsiones, horarios, gastos, ingresos y mil números más que, en algunos casos, ni siquiera acababa de entender… Por supuesto que no tenía esta experiencia, no sabía a lo que me enfrentaba, pero me lancé, con ayuda, con muchos apoyos, pero en el momento decisivo, sola ante el peligro (como cualquier emprendedor). Y aprendí, me caí, disfruté, sufrí y… ¡Hoy sigo al frente de esta locura más convencida que nunca antes!

¡Éstas son solo cuatro de todas las cosas que he aprendido en este año de reto!

La experiencia se consigue trabajando.

Nos pasa a todos y, de hecho, no puede ser de otra manera, buscamos nuestro primer trabajo (o lo creamos) y no tenemos experiencia (¡recuerda que hablo del primer trabajo!). Puede que hayamos hecho prácticas, que hayamos trabajado con muchos casos reales, en la universidad o por nuestra cuenta, pero no sabemos nada del mundo laboral ni, ni mucho menos, del mundo de la dirección empresarial, no sabemos qué es emprender ni cómo se hace. Somos libros llenos de hojas que hablan de conocimientos, pero que se quedan blancas cuando se habla de experiencia laboral propiamente dicha. Y, ante esta situación, ¿qué podemos hacer? ¡Pues empezar!, buscar nuestra oportunidad, sea donde sea que ésta se encuentre, y aprovecharla, sacarle todo el partido y, sobre todo, NO tenerles miedo a los palos, que te los vas a llevar, y van a ser precisamente estos palos los que te den la experiencia.

El miedo es natural e inevitable, ¡no hay que permitirle que nos paralice!

Todo proyecto, tanto en lo personal como en lo profesional, que suponga un reto, supone también un riesgo, y los riesgos nos dan miedo. En mi caso, por ejemplo, me daba miedo exponerme, explicar ante una o más personas desconocidas mi proyecto, bien para venderle mis servicios, bien para establecer otro tipo de colaboraciones… ¡Pero lo hice! Los miedos existen, y los vas a sentir hagas lo que hagas. Si te paralizan, ellos mandarán sobre ti, si los afrontas, tú mandarás sobre ellos. ¡Atrévete con lo que te da miedo!, superarte a ti mismo consiste precisamente en eso y, te lo prometo, la satisfacción personal que obtienes a cambio es impagable.

No hay nada malo en ser auténtico, ¡de hecho es lo mejor que puedes ser!

Cuando empecé a tratar con posibles clientes (con 21 años) pensé que decir mi edad jugaría en mi contra, de hecho, pensé en intentar aparentar más años de los que tenía. Si os soy sincera, nunca lo conseguí. No me sentía cómoda con el papel, no era yo misma, así que siempre hacía lo mismo: mantenía mi postura de “chica mayor” los dos primeros minutos de la reunión y, a partir de ahí, mi “yo de verdad” salía a la luz. Y, ¿sabéis qué?, ¡no me ha ido mal!

Recuerdo con cariño una entrevista que hice no hace tanto, la chica con la que hablaba me dijo: ‘¿Tú eres muy joven, no?, y yo contesté: ‘Sí, tengo 22 años’. Ella puso cara de susto y yo le dije: ‘Ups, esto no tenía que decírtelo, pero ya te lo he dicho’. Las dos nos reímos y, a día de hoy, estamos trabajando juntas. ¡No te escondas!, ser tú mismo tiene premio. Habrá a quien no le gustes, pero si aparentas ser otro, seguirá habiendo alguien a quien no le gustes y, además, tú no te sentirás a gusto.

Llorar es terapéutico.

‘Tienes que ser fuerte’, ‘no seas blando’, ‘no llores’… Te lo habrán dicho de muchas maneras distintas, pero estoy segura de que, por lo menos una vez, una persona, ha intentado ahogar tus ganas de llorar. ¡Llorar no tiene nada de malo!, llorar desahoga, facilita el trabajo. Si un día no puedes más y lloras, ¡no pasa nada! Busca quien te abrace o quien te escuche, o busca un rincón donde estar solo, como prefieras, y llora hasta que te sientas con fuerzas de volver a enfrentarte al mundo.

¡Atrévete a aprender todo esto y mucho más!, te seguiré contando cosas.

Artículo publicado en CatEconómica

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